Viene cada mañana, más o menos a primera hora, y siempre, como si fuera la primera vez, dice lo mismo al entrar: “¡Lo he perdido todo!”
Sin mediar palabra Juan le toma del brazo y le dirige a una de las mesas, el gesto es cercano, casi familiar. En él parece haber relativa sorpresa, abre y cierra los ojos con cierta ajenidad, se deja hacer sin embargo.
Al mediodía Juan me pide café y el cuaderno. Le sirve, abre el cuaderno sobre la mesa y deja un bolígrafo. Juan no para tranquilo hasta que le ve cogerlo y empezar a escribir.
El cuaderno es el mismo que cada noche Juan relee al cierre. Cuando me voy aún sigue leyendo.
Juan apenas habla de él. Lourdes, la cocinera, vagamente lo ha hecho, y cuando lo hizo fue para referirse a cierta conversación que mantuvieron.
“-Sólo por un momento he visto la que pudo ser mi vida…
-Qué estupidez.
-¡Cómo?
-Sí, que, lo que estás diciendo es una soberana estupidez. No puedes ver nada, porque ahí, ante ti, no hay otra cosa que nada.
-No me mires así,- continúa ante la expresión de perplejidad de Roberto.
-Pero…, por qué reaccionas de ese modo, no es más que un comentario ino…
-¡Qué no coño!,- le interrumpe- que me cayo si quieres, pero que no me cuentes milongas. Que mañana no hay nada. Vacío. Lo que pueda suceder no es en modo alguno seguro, ni siquiera cierto…, y la otra, la pasada, la que no hayas podido vivir, esa no es. Nunca lo fue, y nunca lo será. Porque cada instante depende de este. No hay un si en lugar de esto te hubiera dicho. No, no lo hay.- Echa mano del tercio para aclararse la garganta y poder así ver con más claridad.
-Tu vida, ¡la mía!, no es sino una sucesión de instantes, inconexos, que no te dan más idea del futuro o el pasado que la que puedas inventar. Es una ficción… ¿Lo entiendes?, para que puedas seguir, para que puedas creer. Pero, no es, no es cierta, ni siquiera la que vives. Lo siento.”
No volvieron a hablar, tampoco a verse, no hubo un, “Adiós, hasta pronto”. Nada
No he visto a Juan escribir en ningún momento y sé que lo intenta. Lo sé por la manera en la que coge esos cuadernos, lo sé por los borradores que, hechos una pelota, encuentro cada mañana al abrir. No pueden ser de otra persona, es su letra. Lo es y no lo es, porque se ve distinta, más suelta, maleducada, no es la letra de las comandas.
Le he sorprendido incluso dejando un café a medias, un cigarrillo, para, con el pretexto de ir a la cámara, releer algo en los muchos cuadernos que tan afanosamente guarda y de los que no ha escrito una línea. Es una suerte de mirón.
No digo que le conozca, suele resultarme hermético. Lleva consigo constantemente la sensación de callarse algo. Su aflicción, creo, tiene que ver con sus intentos por escribir.
Qué anima a Juan, me lo he preguntado muchas veces.
Es su presencia un tanto abrupta que me despierta cierto desasosiego. Una quiebra, una brecha en lo pausado de su ser, su cuerpo, y la vivacidad de unos ojos que todo lo escrutan. Levantar la vista y descubrirle observándote como el que desnuda a un hijo antes de acostarlo. Descubrirle parapetado en la sombra de un pretexto. Saberle al acecho de un gesto, una conversación, un pensamiento. Sin motivo, sin razón alguna comprensible. Pues nada hay. Nada salvo detalles que escapan, inconscientes, accidentales, vacíos; pequeños instantes inconexos a los que dar un sentido.
Me atrevería a decir que su vida es la cafetería. Es el pequeño señor de un trozo de calle. Que aún no ha conseguido salir más allá de la barra, del enlosado, de las cuatro mesas que familiarmente traemos y llevamos, juntamos y limpiamos. No importa la hora, siempre está.
Soy quizá el único elemento ajeno. Aquí todo se puede explicar en términos de “buenos días, qué quiere”, “un cafetito cortado, ¿no?”, “te lo pongo para llevar”, “hoy tenemos esa sopa que tanto te gusta”, “hace frío, verdad”... Todo es satisfacer apetitos casuales, salvar alguna conversación de paso y ver pasar los días. Es como estar en el culo de un televisor y asistir a una proyección donde cambian las horas de luz, los matices, el ir y venir. Aquí, mientras, todo permanece inalterable.
Sé que debo irme porque necesito una vista más allá de la que me marcan la pared y un espejo que, ya, me devuelve la mirada.
En lo que va de día no se ha levantado del sitio. Ocupa la mesa que normalmente tiene él, junto al ventanal.
No es que ponga un especial cuidado en los detalles pero, visto así, podría decir que la ropa es la misma que llevaba ayer. Lo arrugado, lo cansado de su pose. No es la ropa, es Juan encogido en la silla entre los cuadernos, algunos en el suelo, como el que aguarda toda la noche sentado en un banco de mármol, entumecidas ya las extremidades.
Me acerco con un vaso de café para sacarle, para recuperarle, de un ánimo tibio.
-Juan, qué tal. Cómo estamos hoy… No has dicho nada desde que has llegado- dice Roberto.
-¡Eh…!, no es nada-
-Pero Juan, cuánto llevas aquí.
-Cómo… Cuánto… No sabría decirte.
-Juan, te comportas de un modo extraño.
-No ha venido- replica pausado Juan.
-¿Quién?
-¿Cómo, quién? Él, Roberto, él- sosteniendo uno de los cuadernos.
-No te preocupes, no importa, seguro ha tenido algo que hacer. Mañana volverá.
-No…- Levantándose de la silla a la espera de una razón que pueda hacer pensar que es así.
-Juan, no te…- se interrumpe al observar que Juan no le presta atención alguna. Ha vuelto a tomar asiento con la vista perdida.
-Juan- insiste Roberto, echándole la mano al hombro- ¡Juan?
-No va volver, lo sé.- Juan vuelve a la barra incapaz de recuperar la conversación.
Sólo cuando oye la silla arrastrar con brusquedad se vuelve. Juan se dirige a la puerta.
-¿Juan… Dónde vas?, ¿Juan…?
-¿Juan?-, insiste - ¿dónde vas, qué haces?- le coge en dos zancadas.
-¿Qué haces Juan?, ¿qué te ocurre?
-Me voy Roberto. Me voy.- Retirándole la mano del antebrazo
-¿Cómo que te vas…? Pero… y qué vas a hacer.
-No lo sé.- Dice encaminando sus pasos calle abajo.
Unos metros más allá deja caer el mandil. Un “juanjuan” de Lourdes se eleva a medida que se va alejando.